domingo, 15 de septiembre de 2019

Jardín botánico. Cluj Napoca. 15 sep. 19


Jardín botánico. Cluj Napoca. 15 sep. 19

Voy cambiando algunos hábitos. Siempre visitaba los cementerios en las ciudades donde iba y ahora, lo hago pero si me pillan de paso. Ya estoy saturado de tanto muerto. Ya he visto demasiados y distintas formas de tratarlos según las culturas. Ya estoy encontrando pocas cosas nuevas, pero no dejo de visitarlos si veo que me pueden aportar algo más a mi análisis de cómo distintas gentes y culturas tratan a los restos de otras gentes.

Desde hace unos cuantos viajes, si puedo, entro a visitar los jardines botánicos. Ya llevo unos cuantos, aunque no siempre he hablado de ellos. Los jardines botánicos también dicen mucho de la cultura y forma de ser de las ciudades que los tienen.

El jardín botánico de Cluj lo he recorrido primero por fuera, por todo el vallado. Me ha causado una impresión tan penosa que he estado a punto de no entrar. Pero la entrada estaba muy cuidada, y me he animado. He hecho bien. Muy bien. Porque es un jardín maravilloso, donde se puede pasar una tarde entera paseando por todos los rincones, que son muchos, viendo plantas, árboles, con agrupaciones curiosas por senderos algunos adoquinados, otros retorcidos por la ladera de la montaña hasta bajar a un riachuelo, con la impresión de que estaba perdido en un bosque. Me ha gustado mucho la forma de tratarlo, muy distinto a algunos que parecen demasiado artificiales. Recomendable y eso que no suele figurar en ninguna cita turística.

Pensionari. Cluj Napoca


Pensionari. Cluj Napoca

He aprendido a decir pensionari (pensionistas o jubilados) en rumano y es que eso me facilita las entradas más baratas en los lugares donde cuenta la edad. Cuando lo he ido a decir la primera vez me he armado de documentos (el DNI y el carné que expide la DGA) y argumentos (para justificarme si me hacían preguntas), pero no ha sido necesario. Me han mirado y han puesto cara de pensar “pensionari y desde hace años”. Así que con mi cara de viejo entro despacio a botánicos y museos, no vaya a deslucir mi andar garboso con mi condición de viejo.

Cluj Napoca. 15/9/2019


Cluj Napoca. 15/9/2019

Hoy he aterrizado en tierras rumanas. La primera sorpresa que me he llevado es que he visto a tantos rumanos como en Alcañiz, mi pueblo, si no son más. La única diferencia es que no hablan todos español. Pero sí que he encontrado bastantes que lo hacen. Anca, la dueña de la casa donde me hospedo va mejorando su español por momentos y es que tiene pocas oportunidades de practicarlo. Cuando he llegado esta mañana apenas balbuceaba alguna palabra, en cambio por la noche ya ametrallaba frases enteras. ¿Y cómo lo aprendió? Viendo telenovelas hispanoamericanas. Lo entiende casi todo, pero no tiene la soltura de hablarlo.

Estando al mediodía en Cluj he preguntado a unas nativas. Enseguida han descubierto mi acento español y una de ellas, aunque con mucho acento, hablaba perfectamente, con los verbos bien construidos. ¿Cómo lo aprendió? Viendo telenovelas. Lo curioso, le he dicho, que no tiene acento sudamericano.

He llegado a la conclusión, porque también he encontrado en otros países a otras mujeres que hablaban bien el español gracias a las telenovelas, que han hecho por la divulgación del español más las telenovelas que el Instituto Cervantes.

sábado, 31 de agosto de 2019

Israel. Los amigos. Mayo 2019


Los amigos.

Cuando les dije a unos amigos que me iba a Israel me preguntaron que si tenía allí amigos. Les contesté que no. Y no era cierto. Tenía muchos amigos, a lo que aún no conocía. Iba a conocerlos. Son amistades breves, eternas en el recuerdo. Con algunas mantendré algún contacto. Con otras nunca sabré de ellas.

Un buen amigo que he dejado es Avi, más anciano que yo, pero jovial, todavía trabaja porque no sabe estar sin hacer nada. Estuve en su casa. Es de esas personas que dicen que su casa es la tuya y es cierto. Nos fuimos a dar un paseo y cuando cerrábamos la puerta me preguntó que si había cogido las llaves, que él no llevaba.

Compartiendo desayuno con Avi en su terraza.
Otro amigo es Javier, un alicantino que el próximo octubre trabajará como percusionista en la orquesta filarmónica de Tel Aviv. Siendo mucho más joven que yo, teníamos tantas cosas en común que parecía que nos habíamos encontrado por necesidad. Sólo faltó que después de tener lecturas comunes, inquietudes comunes, experiencias comunes, ideas comunes de la vida, al despedirme de él lo hice como el anciano lobo estepario y él inmediatamente reaccionó diciendo que si también era seguidor de Hermann Hess, autor del libro “El lobo estepario”, una lectura de mi juventud, que ahora estaba muy alejada de la suya y que no suele darse en gente de su edad. Fue la última coincidencia.
Avi, mi anfitrión sefardí que hablaba algo de
ladino, se levantaba temprano para prepararme
una tortilla a la francesa antes de irse a trabajar.

Tres amigas fueron dos madrileñas y una palentina, dos estudiaban periodismo y otra biología. Estuve poco rato con ellas, pero es posible que vuelva a contactar.

Otra amiga es Iris que vive en Israel pero que es de Zaragoza y creía recordar a mi hija, Tuve una larga conversación en la que hablamos de todo y coincidimos en casi todo. Cuando le dije que llevaba tiempo preguntándome cómo iba a explicar desde mi postura antisionista cuál era la realidad de los judíos y los palestinos en Israel, ella me dio algunas claves y me dijo que también le pasaba lo mismo, que desde su postura de izquierdas y atea era muy difícil justificar a los israelíes.
Algunos amigos más tuve, como Pior, un polaco que es muy posible que me encuentre en cualquier parte del mundo porque va dando tumbos por albergues, haciendo y deshaciendo continuamente su mochila.

Podría no haber visto nada y el viaje hubiera merecido la pena por ir a conocer estos amigos, que ya lo eran pero que nunca habíamos coincidido.

Disfraces judíos. Mayo 2019.


Los disfraces judíos

La capacidad humana para asimilar situaciones extrañas es sorprendente. A las pocas horas de estar en Jerusalén me parecía normal encontrarme a niños y adultos con sus tirabuzones en las patillas, con sus kipás por todas partes, con sus sombreros que guardaban en un portasombreros, con sus medias blancas y sus trajes satinados, las pelucas de las mujeres para no mostrar su propio cabello o los pañuelos que lo cubrían, por no hablar de la gente que iba vestida de normal o los franciscanos con un hábito que en vez de llegar hasta los pies, se les quedaba en la cintura a modo de chaquetilla o los curas negros con sotanas violetas. En algún momento piensas ¿no seré yo el raro? No. Todo es normal.

Las circunstancias son capaces de sorprenderte y estuve contemplando un partido de futbito en un campo que estaba dentro de un barrio judío, que parecía otro mundo, junto a la arteria más comercial de Jerusalén. Todos los jugadores llevaban el kipá. No me fijé en la calidad de sus jugadas, sino en la destreza que tenían para rematar de cabeza mientras con la punta de los dedos se sujetaban el kipá. En los quince minutos que debí estar viéndolos, en ningún momento perdió su gorrito. Una habilidad sorprendente.


Murallas de Jerusalén. Mayo 2019


Paseo por las murallas de Jerusalén

Había leído en algún lugar que había un paseo para ver Jerusalén desde los tejados. Incluso ponía el lugar por donde se accedía, pero lo había olvidado. Observé que una persona estaba paseando por encima de las murallas y llegué a la conclusión de que ese era el paseo que estaba buscando. Busqué un acceso y encontré una puerta giratoria que no permitía acceder, sólo giraba para salir. Pensé que se había bloqueado por algún motivo y a le pregunté a un anciano palestino que estaba por allí. Me dijo que sí, que me podía meter por allí. Vino a ayudarme y no entendió que la puerta sólo girara en una dirección. Con su ayuda conseguí meterme entre un estrecho hueco que dejaban los barrotes de hierro y comencé mi andadura por encima de la muralla contemplando Jerusalén antiguo desde una perspectiva distinta y extraña, pues iba descubriendo campos de futbito, gente ajetreada en calles que permanecían ajenas a mí, tejados con basura olvidada, un mundo ignorado por los que compraban vituallas o recuerdos. Después de un buen rato en el que me encontré a muy poca gente que hiciera el mismo recorrido, llegué a un lugar por donde tenía que bajar obligatoriamente de la muralla o volver hacia atrás. Bajé por una puerta giratoria igual a la que había accedido y que sólo giraba para salir. Enfrente estaban las taquillas en donde debería haber sacado el tique que me hubiera dado derecho a caminar legalmente por encima de las murallas. La culpa de mi incorrección la tuvo la generosidad del anciano hombre palestino. Es la ayuda generacional.

La Cúpula de la Roca. Mayo 2019.


La Cúpula de la Roca

Un lugar emblemático,porque lo estudié cuando era estudiante, porque aparece en reportajes y noticias continuamente y porque forma parte de una historia personal de mi hija Violeta, es la Cúpula de la Roca en Jerusalén. Entré por un callejón lleno de puestos de venta pero sin apenas clientes, viendo al fondo la Cúpula de la Roca. Con paso decidido voy a llegar a la explanada de las mezquitas y dos soldados armados hasta los dientes me lo impiden. ¿Qué pasará? Sólo me contestan rápidamente que es Ramadán, mientras el que me ha contestado ha hecho un gesto a su compañero, entendiendo yo, que se acerca alguien más sospechoso que yo.

Me informo y por ser Ramadán sólo puede visitarse la explanada entre las siete y media y las once de la mañana. Fui otro día y después de pasar no sé cuántos controles de seguridad, seguro que pasé de más porque alguno lo pasé dos veces por equivocarme, llegué a la explanada de las mezquitas, sin poder tener acceso al interior de la Cúpula de la Roca lugar desde donde Mahoma ascendió a los cielos y previamente Abraham, justo en el mismo lugar fue a matar a su hijo Isaac porque Dios le quiso gastar una broma y unos años antes, en este mismo lugar los judíos sitúan el lugar donde Dios creó el mundo. No tuve más remedio que dar unas vueltas a lugar tan importante, dando con un jienense y unos madrileños con los que departí un buen y amigable rato.

Ein Kerem. Mayo 2019.


Ein Kerem

Y llegó el sabat en Jerusalén. Todo cerrado, nada que hacer, sin transporte, todo cerrado. Un día que iba a pasar leyendo y sin comer. Pero he aquí que Avi, que me acogía en su casa de Jerusalén, sin decirme nada me propuso la solución para que un día intrascendente resultara magnífico. Me llevó con su coche hasta Ein Kerem, una población que está a pocos kilómetros de Jerusalén de paseos muy agradables. Me enseñó alguna cosa, se fatigaba y me dejó diciéndome por dónde podía volver caminando, no había transporte público.

En Ein Kerem pasé una mañana entretenida. Allí había restaurantes abiertos, por lo que tenía solución para comer. Sólo tenía dos plátanos. Pero el magnífico Avi se adelantó y sin saber mi precariedad alimenticia me invitó a la comida del final del sabat en su casa con sus hijos. Sobre las tres estaba de vuelta y a las cuatro, con ceremonia y kipá incluido estaba a la mesa compartiendo alimentos y religión con conversación en hebreo incluida sobre la circuncisión.

Belén. Mayo 2019.


Belén

Para llegar a Belén es necesario tomar un autobús gestionado por palestinos, cerca de las murallas de Jerusalén que te lleva hasta el paso fronterizo.

Parte palestina del vergonzoso muro lleno de murales que
divide Israel de Cisjordania.
En el autobús conocí a dos chicas madrileñas y una palentina con las que compartí una agradable conversación durante un buen rato, hasta que decidieron irse a ver unos campos de refugiados. Tuvimos una agradable charla e hicimos un recorrido por la parte palestina del muro de cemento que separa Israel de los territorios palestinos. Allí buscamos los diseños de Bansky, dudando si eran originales o reproducciones, todos en cualquier caso con pintadas superpuestas.

Belén fue la única población palestina de Cisjordania donde estuve. Creo que fue suficiente para hacerme una idea de la realidad. Por la tarde encontré a un palestino que me dio a entender que vivía en un campo de refugiados en Belén, le seguí durante un buen rato, me llevó por sendas, por cementerios y temiendo perderme a la vuelta me volví sin llegar al campo.

Entrada de la Iglesia que conserva el lugar
de nacimiento de Cristo. Hay que agacharse para
entrar. Así evitaban que entraran caballeros (a caballo)
Los palestinos llevan su vida diaria intentando vivir de los turistas que los visitan e implorando por pasar diariamente a Jerusalén, sin demasiado retraso para trabajar.

Cuando regresaba a Israel por la tarde tuve un doble trato humillante. Alrededor de un centenar de palestinos gritaban y mostraban documentos con el brazo en alto, ignorados por los soldados israelís que les debían dejar pasar. Otros turistas, y yo, levantamos el brazo con el pasaporte y nos permitieron pasar. La otra humillación fue cuando un palestino, al ver nuestro trato de privilegio, que viven todos los días y que no es culpa mía, me empujó hacia los soldados con desprecio.

En Belén pude ver cómo cientos de personas apretujadas hacían cola para ver el pesebre donde nació Cristo. Me fui a dar una vuelta para ver si la cola se aliviaba, y mi sorpresa fue ver que después de un cuarto de hora estaban las mismas caras en el mismo lugar. No habían avanzado. El pesebre se quedó sin verme. Así que me fui a la iglesia que se edificó sobre el lugar donde cayó una gota de leche de la Virgen, que tenía menos clientela.

Cementerio judío y Monte de los Olivos. Mayo 2019

Cada lapidica al menos un judío enterrado.
Olivo del Monte de los Olivos de los tiempos de Cristo.

Cementerio judío y Monte de los Olivos.

Si en mis viajes suelo visitar los cementerios, en Jerusalén no hizo falta, se me mostró enteramente a mí. Desde Jerusalén, mirando al Monte de los Olivos las lápidas del cementerio judío te miran e inquietan.

Me acerqué hasta el cementerio y subí caminando hasta la cima del Monte de los Olivos, pasando por el olivo en el que rezó Cristo en el huerto de Getsemaní, por la tumba de María, por las tumbas de los profetas hasta alcanzar la cima donde estaba la huella que Cristo dejó cuando ascendió a los cielos. Estaba custodiada por un palestino que me pidió un euro por verla, le dije que me daba igual verla y me di media vuelta. Me llamó para que pasara gratis. Le dije que me daba igual. Insistió y pasé a ver la huella que dejó al impulsarse para subir a los cielos. Allí había unos turistas que señalaban con devoción el contorno del pie de Cristo.

Estoy seguro que con el impuso hoy no podría ni saltar el muro de cemento que aísla a la ciudad de Belén, que se puede contemplar desde el mismo monte.

El Muro de las Lamentaciones. Mayo 2019.


El Muro de las Lamentaciones

Las mujeres sólo pueden aguaitar en el Muro de las Lamentaciones. Están al otro lado, tanto judías como turistas viendo cómo evolucionan los actos religiosos de los hombres judíos. Para entrar hace falta pasar por continuos controles de seguridad. Seguramente yo pasé más de la cuenta porque me resultó tan enrevesado que fui de un lugar a otro buscando el lugar correcto y me encontraba con otro control que quizás no fuera necesario y volvía a salir. Finalmente pude entrar. Debería haberme puesto el gorrito judío (kipá) pero por ignorancia no lo hice. Estuve dos días. El segundo es cuando al salir vi que había unos para los turistas y yo lo cogí de recuerdo.

El muro es todo un espectáculo, viendo a gentes distintas acudir con sus papelitos de deseos que introducían en las grietas de las rocas, subiéndose hasta donde nadie antes había llegado para que el deseo permaneciera por más tiempo. Soldados con sus armas, judíos con sus tirabuzones, turistas como yo, todo el mundo tenía una cita con el muro. Delante actos religiosos, ceremonias y cánticos y a un lado un lugar de estudio donde los turistas nos mezclábamos con aprendices de los textos rabínicos que estaban aprendiendo de memoria mientras se golpeaban con un banco.


Jerusalén viejo. Mayo 2019.


Jerusalén viejo.

Llegar a las murallas de Jerusalén supone disponerse a entrar en otro mundo, el de la historia religiosa que estudié en mi juventud y el de muchas referencias históricas que continuamente han ido mencionando a Tierra Santa. Son más de cuatro kilómetros de muralla que dan cabida a unos barrios muy definidos de cristianos, árabes, judíos y armenios. Entré por la puerta de Jaffa y no hizo falta que nadie me dijera en qué barrio estaba y cuándo cambiaba de barrio, a pesar de lo abigarrado de las calles, los comercios, el continuo caminar de las gentes que viven en él y que mezcladas con los turistas salen a realizar sus compras diarias. La excepción es el barrio armenio que después de estar en él se identifica por la poca vida comercial y la tranquilidad de sus calles.

Un amigo que hice en Tel Aviv me dijo que Jerusalén se podía ver en unas pocas horas. Cierto que se puede ver en pocas horas y cierto que todas las horas son pocas. Cada rincón está tan lleno de historia, de referencias religiosas y de arquitectura que uno podría pasarse un día entero en cada edificio intentando conocer su estilo arquitectónico, sus cambios religiosos a lo largo de la historia, su relación con los colindantes, sus guardianes en el pasado y los actuales, su por qué y el origen de sus piedras que seguramente procederán de otros demolidos. Y así sería necesario estar un mínimo de cinco horas en cada esquina. Como es imposible se puede estar cinco horas en toda la ciudad. Demasiado denso. Demasiados detalles que se pierden. Delante de una lugar emblemático puede comprar la kipá (el gorro judío), un crucifijo, cerámica armenia, una bandera palestina o hacerse un tatuaje con la cara de Cristo.

Donde más a gusto estuve fue en el barrio armenio. Se podía disfrutar de él sin la pátina de los vendedores, sólo unos pocos y algún restaurante. Sus calles, con poquísimos turistas son de agradable paseo y escuchar a los niños recitar la lección en armenio resulta evocador.
Después de un par de horas por Jerusalén los edificios se mezclan en el recuerdo y es difícil separar cada uno de ellos, incluso viendo las fotografías y sabiendo el orden en que los vi resulta difícil poner cada cosa en su lugar.

Jesulalén. Sanz Briz. Mayo 2019.

Uno de los muchísimos monumentos y recuerdos del horror
del holocausto.

En busca de Sanz Briz

En la Universidad de los abuelos, llamada eufemísticamente de la experiencia, un día nos hablaron de Sanz Briz un aragonés que ayudó a los judíos perseguidos por Hitler salvando muchas vidas. Lo primero que hice en Jerusalén fue visitar un monte Herzl, que estaba a poca distancia de donde estaba viviendo. Todo el monte está concebido como memoria a los sufrimientos del holocausto y como memoria a las personas que ayudaron a los judíos y a los benefactores que contribuyeron a construir este lugar de memoria. Entre todos los árboles, entre todos los nombres, entre todas las placas fui buscando el nombre de Sanz Briz para rendirle mi modesto homenaje. No lo encontré. Era difícil. Lo intenté y eso también me sirve. Me tuvo que servir.

En el monte Herzl, que fue mi primer contacto con Jerusalén, vi las grandes diferencias entre Tel Aviv, una ciudad muy abierta y la Jerusalén nueva, una ciudad en la que en muchos rincones se encuentran estelas, carteles, información que forma parte del adoctrinamiento israelita. Muchas menciones a guerras, a soldados muertos, a enfrentamientos con palestinos, a heroicidades, a primeros colonos,... También lo había en Tel Aviv, pero desde mi percepción en menor medida.


Áqaba. Peluquería Paqui. Mayo 2019


Áqaba. Peluquería Paqui y tejas Borja.

Entre cientos de carteles, señales y mensajes en árabe y alguno en inglés, me quedé perplejo cuando leí: “Peluquería Paqui”. Especulé sobre el motivo de ese nombre escrito en español. Era un anuncio. Unos metros más adelante encontré la peluquería de la que iba a pasar de largo, pero escuché una televisión en español, así que entré para obtener una explicación a mi curiosidad. Allí estaba la Paqui dispuesta a dármela. Paqui es una granadina que se casó con un jordano y vive allí desde hace un porrón de años. Sus hijos también son jordanos y ahora los tiene repartidos por el mundo. Ya no volverá a vivir ni a morir a España, pero todos los días pone por la tarde un programa de cotilleos para distraerse ella y sus clientas jordanas mientras les hace la permanente.


De Áqaba volví a pasar la frontera con Israel para ir a Jerusalén y en la frontera, donde hacía unos días había tenido mi extraña relación con los taxistas, veo unos palets de tejas “tejas Borja”. No encontré a nadie de Borja para que me diera una explicación. Pasé la frontera y camino a Jerusalén en autobús.

Áqaba. Mayo 2019


Áqaba

Pasé sólo un día en Áqaba, al sur de Jordania junto al Mar Rojo. Es una ciudad turística semejante a cualquiera española. Los precios están indicados en los productos y restaurantes, lo que supone una gran ventaja y no tener que pasar por el continuo regateo y la sensación de que te han engañado. Es una ciudad muy barata, sobre todos comparándola con Israel o con los continuos timos a los que somos sometidos los turistas en Wadi Musa, la población que está junto a Petra. Comí como un general en un restaurante sirio con un camarero impecable en el trato y servicio. Luego cené por dos o tres euros hasta dejarme comida y eso que yo soy de la generación que antes de dejarme comida en el plato debo pensar en los negritos que no pueden comer.
Tienda donde venden ropa (se supone)

Siempre suelo llevarme a los viajes parte de la ropa más vieja que tengo, por si hay que soltar lastre. En Áqaba unos pantalones que me habían acompañado en muchos viajes comenzaron a hacerse trozos, cómo sólo llevo los puestos y dos más, ante el temor de quedarme en calzoncillos en un día de lluvia, por ejemplo, me compré otros pantalones (sólo me he comprado dos pares de pantalones en los últimos diez años) para asegurarme un repuesto. Los compré por cuatro euros y contento con mi adquisición cuando llegué a casa me di cuenta de que eran tan baratos porque les faltaba un bolsillo que estaba arrancado.

Mar Rojo. Mayo 2019.


Al mar Rojo en calzoncillos.

Autorretrato
Áqaba es una ciudad jordana situada al sur junto al mar Rojo, desde la que estando en Jordania se ve Egipo, Israel y Arabia Saudita. Cuando llegué a mi alojamiento estaba la puerta abierta y no había nadie. Luego vino un chico a limpiar. Dejé mi exiguo equipaje en una habitación y me fui a ver la ciudad con intención de volver al cabo de un rato. Pero paseé más de la cuenta y llegué hasta el Mar Rojo que estaba bastante alejado de mi habitación. Volver a por mi equipaje suponía caminar más de una hora y como no podía dejar pasar la oportunidad de bañarme en el Mar Rojo, con los calzoncillos que llevaba puestos me introduje en el mar y luego me puse a secar. Ese fue el último servicio que me prestaron. Estaban tan apurados que cuando llegué a la habitación los tiré.

Los burros. Petra. Mayo 2019


Los burros.

Yo tengo un burro muy inteligente que responde, cuando quiere, al nombre de Einstein. El de la teoría de la relatividad estaría orgulloso de tener un tocayo así. No hace mucho se salió de la cerca donde lo tengo, de vez en cuando se va a dar una vuelta por el mundo, y lo recogió un hombre que cuando fui a buscarlo me dijo que era un burro gordo, bien alimentado y poco trabajado, lo que me llenó de orgullo, aunque lo de poco trabajado era una expresión, la verdad es que todo el trabajo que ha hecho ha sido acompañarme en alguna excursión.

Ya la tenía, pero la convivencia con Einstein me ha hecho especialmente sensible con los burros, a los que he visto maltratar en el trabajo.

En Petra, sin una brizna de hierba, viven muchos burros que utilizan para llevar a los turistas a todos los lugares, subiendo y bajando por escaleras, recorriendo distancias largas cargados de turistas grasientos, llegando varias veces al día hasta los lugares donde los turistas quieren llegar pero sin dar un paso, con temperaturas propias del desierto.

Lo único que pude hacer es dar a dos o tres burros las peladuras de los plátanos que comía, era mi comida, que devoraban con avidez. Comerán, pero en las muchas horas que estuve en Petra mis peladuras es lo único que les vi comer.
Einstein en un día ve más hierba fresca que lo que estos burros han visto y verán en toda su vida.

Último día en Tel Aviv. Mayo 2019.


Último día en Tel Aviv

Diariamente me hago muchos kilómetros paseando, observando, a veces sentándome para ver cómo pasean los demás y cómo se comportan. Así conozco, me conozco, deduzco, unas veces me engaño y otras me desengaño de una realidad distinta a la que imaginaba.

No había escuchado, ni leído nada sobre el norte de Tel Aviv. Sólo había visto en el google maps que había un río en una zona verde. El descubrimiento fue espectacular. Otra ciudad totalmente distinta se abría a mis ojos y a mis sentidos. Aunque Tel Aviv vive de cara al mar y es una ciudad mediterránea, en el parque Yarkon descubrí una ciudad recién pintada por Soroya, viva, luminosa, en movimiento. Durante horas fui paseando primero por una zona llena de esculturas, de referencias culturales, de mercadillos, de gente bulliciosa y luego por toda la rivera hasta la hora de comer, donde en un restaurante vegetariano me clavaron, como en todas partes, porque Israel es carísimo.

Por la tarde seguí deambulando, tanto que me salí de Tel Aviv sin saberlo y tanto, que me desorienté. Pregunté para volver a la avenida Ben Yehuda, que era donde vivía y me respondieron ¿Ben Yehuda de Tel Aviv?, entonces supe que aquello no era Tel Aviv. Cuando lo confirmé se negaron a decirme donde estaba porque estaba tan lejos que no podía ir caminando. Debía coger un autobús. Mi alternativa fue preguntar por dónde quedaba la playa para orientarme. Y siguiendo el rastro del mar llegué hasta mi casa en esos días.
En esa casa, un hostel, he conocido a gente muy interesante. Una pareja de chilenos que me hicieron un apaño en el teléfono móvil para que no me volviera a perder, una finlandesa que alquilaba su casa para viajar con el importe del alquiler, Aldo, un mexicano que quiere hacerse israelí sin hacerse judío, Piot, un polaco que habla perfectamente español y que va de un sitio a otro sin saber dónde va a dormir al día siguiente, un brasileño con el que me tomé más cervezas que una economía con un poco de sentido no hubiera gastado, un italiano que tenía claro que su único objetivo era ligar bailando ritmos latinos. Todos hablaban español y el idioma vehícular, que era el inglés, pasaba a ser el español en cuanto me veían.

Charlas en Nazaret. Mayo 2019.


Mis charlas en Nazaret

Con todo aquel que puedo entenderme un poco, allí que me pongo a hablar. He hablado en todos los idiomas, aunque me he entendido en pocos.

Mural en las calles de Nazaret.
En Nazaret di con un palestino cristiano que hablaba español. La combinación perfecta y necesaria para mí. Hablamos sobre la situación palestina. Me dijo que ellos estaban peor considerados que los palestinos musulmanes, pero aunque insistí no supo decirme ningún motivo. ¿Y con respecto a los judíos? Me dijo que también estaban discriminados, pero tampoco supo decirme nada concreto. Después de mucho insistir me dijo que los palestinos no podían hacer el servicio militar y eso era discriminatorio y que las viviendas eran más baratas para los judíos.

Que los palestinos no pueden hacer el servicio militar es cierto, que sea discriminatorio ya es una apreciación personal que yo consideraría un privilegio y en cuanto a las viviendas más baratas, estuve en inmobiliarias y allí el precio de las viviendas era para quien las pagara, ya fuera palestino, judío, cristiano o ateo.

Hablamos también sobre educación, derecho a voto, sanidad y me dijo que sí, que en eso todos eran iguales. Por las calles de Nazaret pude ver carteles de propaganda electoral de partidos palestinos que se habían presentado a las elecciones que se habían celebrado recientemente, así como dibujos en muros antiisraelís.

Nazaret. Mayo 2019


Nazaret

Escuchando misa en la cueva donde se produjo la Anunciación.
Estando en Israel, quiérase o no, se tiene la necesidad de visitar todos aquellos lugares que forman parte del acervo cultural de nuestra comunidad educados en una cultura cristiana. Nazaret es una referencia necesaria. Nada más llegar me dí cuenta de dos cosas, que mi apreciado sombrero que llevaba conmigo a todas partes para soportar el inmenso calor que hace, a pesar de ser mediados de mayo, lo había olvidado para siempre en el autobús que me había llevado hasta Nazaret y que en la carretera donde me dejó, a unos metros había un Zara, que fue mi primera visita, para aliviar mi vejiga, antes de llegar siguiendo a muchos curas, beatos y creyentes a la horrible iglesia de la Anunciación.

Parece ser que en aquellos tiempos todo pasaba en las cuevas. Ya estuve en la cueva del monte Carmelo y ahora veo que la anunciación del arcángel Gabriel de que María iba a quedarse preñada de Dios también se produjo en una cueva donde estaban oficiando una misa cuando yo llegué.
No lo sabía, o no lo recordaba, que antes de que Gabriel anunciara a María su próxima maternidad, otro ángel le había dicho que se acicalara, que iba a ser visitada por Gabriel. En Nazaret existe otra cueva, sobre la que se ha edificado otra iglesia, creo que de ortodoxos griegos, donde se conmemora la anunciación de la anunciación.
En esta sinagoga iba Jesucristo a la escuela.
Entonces las sillas no eran de plástico. Pero Jesús ya las
preveía.

Y aunque parece que la Biblia no dice nada del asunto, en Nazaret también se puede visitar la sinagoga donde Jesús iba de niño a aprender, porque fue un Dios que tuvo que aprender como todo humano.


En Nazaret aprendí en parte cómo funcionan estas cosas de los días festivos en Israel. Los judíos tienen fiesta desde la tarde del viernes hasta la noche del sábado, es el sabbat. Los cristianos el domingo y los musulmanes el viernes. Como yo estuve en viernes los establecimientos de los judíos, por la mañana, y los de los cristianos estaban abiertos, pero no así los de los musulmanes.

En los puestos del mercado, además de los objetos religiosos que vendían todos, ya fueran cristianos, judíos o musulmanes, también se podían comprar pañuelos, banderas y fotografías palestinas.

La siesta. Israel. Mayo 2019.


La siesta.

Si la siesta es española, alguien debería registrarla porque la ha adoptado todo el mundo. En Tel Aviv se pueden encontrar en los paseos más populosos zonas habilitadas con hamacas para que cualquier viandante pueda echar una cabezada, a la hora de la siesta, o cuando le apetezca. También se pueden ver zonas, en los bulevares más importantes con mantas en el suelo para que las familias con sus niños coman en medio de la calle, estén recostados y jueguen mientras los paseantes, trabajadores, gente en bicicleta o en patinete circulan a su alrededor.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Israel. Mayo 2019. Haifa


Haifa. Monte Carmelo.

Monte Carmelo
Jardines Bahaí
En Haifa, que está al norte de Jerusalén hay dos lugares que visitar, una el monte Carmelo para quienes tenga un interés religioso. Se puede subir en teleférico o caminando. Por supuesto subí caminando, algo que no me recomendaba nadie, pero vaya con quién han ido a parar, pero que es una agradable caminata por el monte y nada pesada, aunque como es un monte cuesta arriba.

En la cima del monte Carmelo hay un monasterio construido sobre la cueva donde el profeta Elías demostró que Yavéh era el auténtico Dios. En este mismo monte se fundó la orden de los carmelitas que da origen a la veneración de la virgen del Carmen.

El otro lugar para visitar en Haifa son los jardines Bahaí que son impresionantes. Merece la pena ir a la ciudad por visitarlos, aunque el resto de la población tiene un aspecto industrial y mercantil poco atractivo.

Los jardines están abiertos al público en una pequeña parte, trabajan como jardineos y guardas alrededor de 150 personas y resulta placentero pasearse por ellos donde no deja de estar minuciosamente cuidada una piedra o una florecilla.

El bahaísmo es una religión surgida en el siglo XIX que pretende representar la unidad de todas las religiones monoteístas y cuyos principios escribió Bahá'u'lláh al dictado de Dios. Tiene unos seis millones de seguidores.

Israel Mayo 2019. Akko.


Akko o Acre

Son dos formas de denominar a la misma ciudad que está al norte de Tel Aviv. Es una ciudad costera, semejante a Jaffo, aunque menos cuidada. La antigua población está habitada casi exclusivamente por palestinos. La población nueva, mucho más extensa está habitada por los judíos. Es una prueba más de convivencia. No sé hasta qué punto se mezclan las poblaciones en sus relaciones sociales y comerciales. A los niños se les ve venir del colegio con sus uniformes unos judíos otros árabes.

En casi todo Israel la información suele estar en hebreo, árabe e inglés, salvo en los barrios que son sólo judíos donde está en hebreo sólo o los sólo árabes donde está sólo en árabe. Ahora bien, la religión lo impregna todo pero con un sentido de la convivencia y transigencia total. Es común encontrar sinagogas junto a mezquitas o iglesias cristianas y grupos de árabes junto a decenas de mujeres judías con el cabello cubierto por pelucas o pañuelos.

Para llegar hasta Akko lo hice en tren. Me resultó llamativo ver desde el tren ciudades con sus rascacielos que surgían de la nada. No había una zona de transición. Era como toparse con los edificios altos de repente y delante el campo desnudo.

Las calles de Akko, luego también lo vi en otras poblaciones antiguas, a veces por recovecos te conducen hasta el interior de las casas como si no hubiera discontinuidad entre lo público y lo privado.


martes, 27 de agosto de 2019

Israel. Mayo 2019. Jaffa.


Jaffa.

Tel Aviv, a pesar de ser una ciudad de reciente creación tiene un urbanismo caótico. Da la impresión de que cada uno ha ido construyendo allí donde ha visto un hueco y luego esquivando casas se han ido trazando calles o avenidas donde cabían. Nada más llegar a Tel Aviv me fui a conocerlo y paseando por la playa hacia el sur, después de unos cuantos kilómetros llegué a Jaffa, que está conectada urbanísticamente con Tel Aviv, aunque es una entidad distinta habitada fundamentalmente por palestinos. Jaffa es un remanso de tranquilidad a pesar de los muchos turistas que la transitan. Supuso el primer contacto con un Israel que es muchísimo más complejo de lo que pensaba. Las iglesias armenias, las sinagogas y las mezquitas compiten pacíficamente en un espacio reducido. Allí los musulmanes me invitaron a celebrar con ellos la comida al final de un día de Ramadán. Por sus calles me encontré con una comunidad de etíopes cristianos que habían sido acogidos como refugiados por los israelíes y que conformaban un colorido, por sus ropas y sus caras, extraño a mis prejuicios sobre Israel.

El Israel que llevaba en mi cabeza, y el instalado en muchas otras cabezas de quienes no lo han visitado, no tenía nada que ver con el que veía.
Lo que podía pasar como una tontería en otra ciudad, una especie de escenario con sillas que reproducían sonidos musicales de instrumentos distintos cuando te sentabas sobre una de ellas, me resultó esclarecedor de lo que me esperaba. Personas que no nos conocíamos, de distintos orígenes, nos íbamos sentando y entre todos conformábamos una orquesta internacional que dirigía cualquier niño que se ponía al frente.

Israel. Mayo 2019. Festival de música


Festival musical.

Es muy raro que en alguno de los viajes que hago no haya alguna actuación musical popular a la que casualmente asista. En Tel Aviv asistí a un concierto pop que no me gustó nada y que no acabé de ver ni escuchar, pero del que quedé encandilado por una persona.

El concierto tenía en un lateral del escenario a una mujer que traducía en lenguaje de signos, para los sordos, las canciones que se iban interpretando. Nunca había asistido a un espectáculo semejante. La mujer lo hacía tan bien, movía su cuerpo y sus manos con tanta delicadeza, comunicación y soltura que con los oídos tapados entendías la musicalidad y la letra de las canciones. Quizás en el segundo tema ya me hubiera ido, pero si aguanté diez o doce fue por contemplarla a ella. Me encandiló.

Las banderas


Las banderas.

Suelo ejercer de español, como una identidad, antinacionalista. Suelo llevar una bandera de España en mis viajes por si fuera necesario sacarla para defender la paz. En este viaje llevaba una bandera que quería entregársela a los ladinos, si los hubiera encontrado, como un acto de no aceptar su expulsión en nombre de los españoles que no lo aceptamos. No hubo posibilidad.

Lo de los israelíes con las banderas es insufrible. Los miles de banderas que he visto estos días superan todas las vistas durante toda mi vida de todos los países. Los coches llevaban una bandera en cada ventanilla y otra forrando los retrovisores, los edificios estaban llenos de banderas, los chupetes y los sonajeros de los niños eran de los colores blanco y azul, la gente se lanzaba espuma con sprays con los colores blanco y azul.

Me dijeron que esto solía durar un mes al año, hasta que se deshilachaban las banderas, porque yo coincidí con la celebración del recuerdo del holocausto y la independencia. Pero me dio de lleno.

El milagro de los idiomas en el aeropuerto


El milagro de los idiomas del aeropuerto.

Desde hace algunos viajes vengo observando un fenómeno que soy incapaz de explicarme. Al estar en un aeropuerto español, en este caso el de Barcelona, la gente que te rodea suele hablar en español. Si te diriges a una persona, si no lo habla, lo habla la de al lado, también se oyen conversaciones en otros idiomas. Al estar en la cola de embarque sigue pasando lo mismo. En el avión se produce una extraña transformación y cuando llegas al aeropuerto de destino, a pesar que llegas con la misma gente con la que embarcaste, ya no escuchas una palabra en español y todo el mundo habla en lenguajes extraños. Comienza una parte de la incomunicación.

domingo, 18 de agosto de 2019

Baño en el Mar Muerto.


Baño en el Mar Muerto.  Israel. Mayo 2019.

No se puede bañar uno en cualquier parte del Mar Muerto. Hay zonas por las que es prácticamente imposible acceder y otras que dicen que pueden presentar un peligro. Además es necesario disponer de agua para ducharte, sino se corre el riesgo de acabar con quemaduras. Conocí a una pareja que habían ido por su cuenta y se habían lavado con unas botellas de agua que se llevaron. Después de mi experiencia, no es aconsejable. Lo recomendable es acudir a alguna de las playas que disponen de servicios, como agua para beber y para ducharse. Eso supone pasar por taquilla. Tiene un coste de entre 10 y 15 euros, pero sin duda vale la pena pagarlos.
Nadie me hizo foto bañándome. 
Todos tenían las manos muy saladas. 
Temía quedarme con la cámara en el mismo estado.

El ir bajando con el autobús por debajo del nivel del mar, el tener la impresión de que me estaba sumergiendo en un mar de aire junto a burbujas de peces inexistentes en una zona desértica que conserva el relieve de un antiguo mar, me impactó más que el Mar Muerto. Un mar de aguas muy tranquilas en el que tu cuerpo resulta sorprendido al no hundirse, más en el caso del mío que es el de un pésimo nadador, pero poco más. Después de diez minutos de baño, con el cuello dolorido para no meter la cabeza en el agua, el cuerpo se hace a la idea y la experiencia está superada. Que no se mojen los ojos lo advierten por todas partes. Hay que tener realmente toda la precaución necesaria, pues con el calor que hacía me mojé la frente y un par de gotas entraron en mis ojos. Qué mal lo pasé. Pensé que ese era el comienzo de una larga carrera en la ONCE. Me picaban y no podía restregarlos porque las manos las tenía mojadas, además que posiblemente los hubiera dañado más por los granos de sal que debía tener bajo los párpados. Salí precipitadamente dispuesto a buscar la ayuda de algún médico. Al poco fue remitiendo el escozor, vi que el dolor lo iba controlando, me duché para limpiar los ojos y finalmente sobreviví dejando para otro momento el aprendizaje del braille.

Ir al Mar Muerto

Mi pequeña aventura para ir al Mar Muerto. Mayo 2019.

A 413 metros por debajo del nivel del mar (Mediterráneo), 
en el bar más bajo del mundo


Para ir al Mar Muerto fui a comprar un billete en un autobús de línea regular. Me preguntan que cuál era mi destino. Contesté que el primer lugar donde pudiera bañarme en el Mar Muerto. El vendedor le supo mal y me dijo que el destino lo debía decidir yo, no él. Le insistí. Me dijo que él no decidía por mí. Volví a insistir y entonces de malas formas me dio un billete que pagué. El billete escrito en hebreo pondría dónde iba, pero yo lo ignoraba. Cuando subí al autobús el conductor me preguntó que si iba a En Gedi (que era lo que figuraba en el billete) y curiosamente era el nombre que yo sabía que era un lugar donde no se podía uno bañar. El vendedor me había dado justo lo contrario de lo que yo le había pedido. Al conductor le dije que no, que yo quería bajarme en el primer lugar donde me pudiera bañar. Me dijo que pasara. El autobús iba lleno. Yo iba maquinando qué hacer sabiendo que después de Ben Gedi había un lugar de baño y que me iba a pasar más allá de lo que ponía en mi billete. Algo pasaría. El autobús hace una parada, bajan varias personas y yo sigo agazapado. El conductor me busca con la mirada hasta que me encuentra y me dice: “¿no querías bañarte?, pues aquí podrás hacerlo, baja”. Allí me bajé y allí me bañé, en las playas de Kalya.

Jerusalén. La Vía Dolorosa.

Si no lo entendí mal, por aquí celebró 
Cristo su última cena

Jerusalén. La Vía Dolorosa. Mayo 2019.

Hace años tuve la ocasión de mantener una larga conversación con el filósofo Gustavo Bueno. Me dijo que en España todos éramos cristianos y marxistas. Independientemente de las creencias religiosas y políticas de cada uno todos nos habíamos educado en la cultura cristiana y habíamos estados influidos para bien o mal por la cultura marxista. Estoy de acuerdo. Yo que no tengo religión, pero que conozco mucho a la cristiana he visitado casi todos los lugares de Israel vinculados al cristianismo. Me había propuesto, incluso, realizar el recorrido de la Vía Dolorosa, que se supone que es el recorrido original del Vía Crucis. Sabía que los franciscanos hacían todos los viernes el recorrido y tuve intención de ir, pero no pude. La fui a hacer por mi cuenta, pero me pareció excesivo. Me encontré con la quinta estación y el Cirineo y allí comencé sin mucho convencimiento mi recorrido que no llegué a acabar.